30 caprices felipe libón
NºCat: IBS172025 / GR 1224-2025
total time 68:56
Recording venue: Auditorio Manuel de Falla 27-29 May 2024
Music Producer: Paco Moya
Sound engineer: Cheluis Salmerón
Mixing & Mastering: Iberia Studio
Executive Producer: Gloria Medina
Fotografía: Raúl Marcos de Llanos
Diseño: NSN997
El presente proyecto es un viaje en el tiempo, un acto de justicia musical y un reencuentro con un legado que el silencio de la historia mantuvo oculto durante siglos. Felipe Libón, nacido en Cádiz en 1775, no es solo un nombre olvidado en los márgenes de las partituras; es un espíritu creativo que brilló en las salas de conciertos más importantes de Londres, Lisboa, Madrid, Milán y París, pero que, con el paso del tiempo, fue erróneamente arrebatado de su identidad española, incluso llegando a ser catalogado como francés. Con este proyecto, no solo rescatamos su música, sino que devolvemos al compositor a su tierra, a su esencia y a su merecido lugar en la historia.
La investigación detrás de este trabajo ha sido un proceso íntimo y revelador. Libón fue un violinista de alma cosmopolita, formado en Londres bajo la tutela del gran Viotti, y testigo de una Europa en ebullición musical. Sus 30 Caprichos para violín solo, publicados en 1818 en Milán, son mucho más que estudios de virtuosismo; son un diario técnico y expresivo, un puente entre la escuela francesa del violín y la sensibilidad meridional que llevaba dentro. Cada capricho es un mundo: algunos deslumbran con pasajes de velocidad extrema y otros cantan con una delicadeza lírica que emociona por su pureza y elegancia.
Pero, ¿por qué Libón permaneció en la sombra? La respuesta está entre líneas: en archivos dispersos, en críticas de la época que lo elogiaban pero lo señalaban como “extranjero”, en la falta de un relato que uniera sus logros con su origen, o el de no haber escrito un tratado del violín que acompañase su obra los 30 caprichos, como si lo hicieron sus compañeros Kreutzer, Baillot o Rode. Este disco nace de la necesidad de tejer esos hilos sueltos. Revisamos documentos de la corte de Madrid, donde brilló ante Carlos IV; seguimos sus pasos por Lisboa, donde posiblemente adquirió el Stradivarius que durante mucho tiempo llevaría su nombre; y reconstruimos su estancia en París, donde, a pesar de tocar para la emperatriz Josefina y posteriormente María Luisa, nunca terminó de ser aceptado como uno de los grandes de su tiempo. Su historia es también la de tantos artistas que, por no pertenecer a los círculos establecidos, vieron su talento relegado al olvido.
Grabar estos caprichos ha sido un desafío artístico y técnico sin precedentes. No se trataba solo de ejecutar notas, sino de respirar la intención pedagógica y expresiva que Libón imprimió en cada uno. Estos caprichos fueron concebidos como material de estudio para sus discípulos, un método avant la lettre que combinaba el virtuosismo concertístico con la enseñanza profunda del instrumento. En ellos se exploran trinos, décimas, sextas y terceras, cambios de posición extremos, acordes y una variedad de golpes de arco que exigen no solo precisión, sino también una comprensión musical íntima.
Al adentrarme en la interpretación de estos caprichos, siento con profunda claridad el eco de un Cádiz abierto, culto y mestizo, el mismo crisol de culturas que en el siglo XVIII vio nacer a Felipe Libón. La ciudad, un puerto neurálgico donde convergían ideas filosóficas de la Ilustración, debates políticos liberales y corrientes artísticas de toda Europa, se refleja en la esencia misma de su música. Esta herencia cosmopolita no es solo un telón de fondo, sino la savia que nutre su escritura. En ella encuentro una elegante claridad formal, propia del clasicismo más riguroso, pero atravesada por destellos inesperados de libertad emocional y una expresividad casi romántica que parece susurrar, desde el último cuarto del siglo XVIII, los profundos cambios estéticos que definirían el siglo siguiente.
Grabarlos se transformó, por tanto, en algo mucho más profundo que un mero ejercicio técnico; fue un diálogo íntimo y personal a través del tiempo. Mi propósito fue doble. En primer lugar, honrar con el máximo respeto la escuela de virtuosismo en la que se formó Libón —aquel legado de precisión, elegancia y sonido pulido que recibió de Viotti—, procurando ser fiel a la partitura original y el rigor de su época. El segundo propósito, igualmente vital, fue reivindicar y actualizar su profunda intención pedagógica original. Estos caprichos nacieron como un método para formar a sus discípulos; mi interpretación busca transformar esa lección histórica en un recurso vivo y relevante para el violinista del siglo XXI. No se trata solo de ejecutar los pasajes, sino de iluminar su lógica interna, de hacer audible el «porqué» técnico y musical detrás de cada desafío, para que estudiantes y profesionales de hoy puedan encontrar en ellos no solo un reto, sino un camino de crecimiento. Así, en cada frase, se entrelazan el respeto por el pasado y una vocación de utilidad para el presente, restaurando el puente que Libón tendió entre el arte y la enseñanza.
He pensado que no hay mejor homenaje que dar a conocer esta obra justo ahora, al cumplirse los 250 años de su nacimiento. Este disco es, en el fondo, un acto de justicia musical: devolver al presente una creación magistral que el tiempo había arrinconado, restituyendo a Felipe Libón como la referencia pedagógica y artística que siempre fue.
No se trata solo de rescatar unas partituras, sino de validar un legado. De confirmar, nota a nota, que su música tiene la solidez técnica, la hondura expresiva y la chispa vital necesarias para dialogar con los violinistas de hoy, para enriquecer nuestro repertorio y para inspirar a quienes lo escuchen.
Mi mayor esperanza es que, a través de esta grabación, Libón ocupe por fin el lugar que le corresponde en la historia de la música española, y que su voz, ahora al alcance de todos, encuentre eco y conversación en las nuevas generaciones de intérpretes y amantes de la música.